El 11 de agosto de 1744, en una ladera abrasada por el sol cerca de la ciudad de Velletri, en Italia, soldados irlandeses que habían perdido su patria lucharon y derramaron su sangre por la corona de España.
Eran los Gansos Salvajes, los exiliados que habían abandonado Irlanda tras la caída del antiguo orden gaélico y se habían alistado en los ejércitos de la Europa católica.
En Velletri, los regimientos irlandeses al servicio de España resistieron el calor y el humo contra un asalto austríaco, y su firmeza aquel día fue recordada durante mucho tiempo por los comandantes que los presenciaron. Eran hombres que jamás podrían regresar a casa, cuyas tierras habían sido arrebatadas y cuya fe estaba prohibida, y sin embargo, se comportaban como si el honor de Irlanda recayera únicamente sobre sus hombros.
Durante más de un siglo, los hijos de Irlanda llenaron las filas de ejércitos extranjeros desde España hasta Francia y Austria, llegando a ser generales y mariscales en tierras que no eran las suyas. Lucharon bajo banderas extrañas porque las suyas habían sido arriadas, y al hacerlo mantuvieron vivo el nombre de Irlanda en todo un continente.
Como se decía de los soldados irlandeses al servicio de España, sin zapatos se sentían como en casa. Sin comida, estaban como en casa. En otras palabras, nada podía doblegar a estos hombres.
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