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jueves, 19 de enero de 2023

Nueva faz del problema de Irlanda por José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira (Moquegua, 14 de junio de 1894 - Lima, 16 de abril de 1930) fue un escritor, periodista, político y filósofo marxista​ peruano.

Fue el fundador del Partido Socialista Peruano en 1928 (que, tras su muerte, pasaría a denominarse Partido Comunista Peruano), fuerza política que, según su acta de fundación, tendría como herramienta axial al marxismo-leninismo, y de la Confederación General de Trabajadores del Perú, en 1929.

Para el sociólogo y filósofo Michael Löwy, Mariátegui es «indudablemente, el pensador marxista más vigoroso y original que América Latina haya conocido». En la misma línea, José Pablo Feinmann, filósofo y crítico cultural argentino, lo declara el «más grande filósofo marxista de Latinoamérica». Su pensamiento ha inspirado a personajes como Vladimir Cerrón,​ Aníbal Quijano​ o Abimael Guzmán.​ 

Nueva faz del problema de Irlanda

Parece que el viejo problema de Irlanda en­tra finalmente en su faz decisiva. Lloyd George pone en juego, en estos momentos, toda su in­teligente sagacidad, para arribar a un arreglo transaccional con De Valera, líder irlandés. Y también De Valera se encuentra deseoso de en­contrar un modo de conciliación de las aspira­ciones irlandesas con las necesidades de la po­lítica británica.

Pero para una solución no basta la buena vo­luntad personal de los representantes de Ingla­terra e Irlanda. Y es, además, muy intrincado. No es difícil solamente un acuerdo entre Ingla­terra e Irlanda. Es difícil también un acuerdo de la opinión pública inglesa.

Una parte de la opinión pública inglesa, que precisamente está numerosamente representada en la zona política de Lloyd George, es hostil a la autonomía de Irlanda. Entre las razones nue­vas de su hostilidad a la autonomía, figura és­ta: la que permitiría a los ciudadanos de Irlan­da crearse una situación tributaria privilegiada y sustraerse a las cargas económicas que pesan sobre los demás ciudadanos del Reino Unido a consecuencia del déficit financiero.

Los principales propugnadores de la autono­mía irlandesa se cuentan en el campo contrario al "premier". Asquith, el líder liberal, que fue el patrocinador del "home rule", —la autonomía que el Parlamento británico creyó posible, hace algunos años, conceder a Irlanda y que Irlanda la rechazó como algo muy inferior a sus aspi­raciones mínimas—, es hoy el patrocinador de una fórmula más amplia de autonomía.

Lloyd George halla así, en su propio campo parlamentario y no en el enemigo, las mayores resistencias a excesivas concesiones a Irlanda.

Pero esto no es lo sustancial en el problema. Lo sustancial es que las aspiraciones irlandesas, al menos en su forma, no admiten reducción y que, por consiguiente, no pueden ser aceptadas por Inglaterra. Irlanda aspira no a su auto­nomía, sino a su independencia, a su indepen­dencia absoluta. E Inglaterra apenas si está dis­puesta a acordarle la autonomía, que tanto le ha regateado siempre y que, como acabamos de ver, una parte de la opinión inglesa aun ahora quiere condicionada y restringida.

Irlanda es demasiado vecina de Inglaterra pa­ra que Inglaterra le permita ser libre sin taxati­vas. Una Irlanda independiente sería un peligro para la política internacional de la Gran Breta­ña. Más todavía. En estos tiempos de imperia­lismo y militarismo, sería un peligro para la se­guridad del territorio inglés.

Pasemos a otro aspecto del problema: la pre­sunta imposibilidad de convivencia de la Irlan­da católica y la Irlanda protestante dentro de un estado autónomo.

Inglaterra ha hecho de la voluntad de la Irlanda protestante —opuesta al separatismo de la Irlanda católica y partidaria del mantenimien­to de la unión con Inglaterra— su más valioso argumento contra la independencia irlandesa. Inglaterra ha hablado mucho de su deber de tutelar los derechos de esta minoría, en la cual ha señalado, al mismo tiempo, el núcleo más progresista y adelantado de la población de Irlanda.

Mas según los "sinn feiner", se trata, en verdad, de un "bluff" inglés. La población de Ulster constituye una pequeña minoría. Inglaterra mientras, por una parte, ha estimulado a esta minoría a una intransigente resistencia a la vo­luntad del resto de Irlanda, por otra parte la ha presentado a los ojos del mundo como un sec­tor considerable e irreductible de la opinión irlandesa. En una palabra, Inglaterra ha inflado el problema de Ulster. Y ha difundido en el mundo una impresión equivocada respecto de él. Sus enormes medios de propaganda se lo han consentido.

La autonomía concedida por Inglaterra a Irlanda —el "home rule"—, promulgada y esta­blecida contra la voluntad de Irlanda, está ins­pirada en esta exageración intencional de la cuestión de Ulster. Dicha fórmula de autonomía se preocupa más de los derechos de la minoría de Ulster que de los derechos de la mayoría de la isla. Y crea dentro del Estado irlandés un Ulster mayor del Ulster verdadero. Anexa al te­rritorio de Ulster diversos territorios de pobla­ción separatista.

Ahora bien. El resultado electoral de esta delimitación de Ulster —la elección de numero­sos separatistas como miembros del parlamento ulsteriano— es indicado por los "sinn feiner" como una prueba de que la minoría protestante y unionista de Irlanda es mucho menos impor­tante de lo que Inglaterra pretende.

Además, este resultado electoral hace del pro­blema irlandés un curioso problema concéntri­co. Irlanda no quiere depender de Inglaterra. Y, dentro de Irlanda, hay una fracción rebelde —Ulster— que no quiere depender de Irlanda sino de Inglaterra. Y, a su vez, dentro de Ulster hay una fracción rebelde que no quiere depen­der de Ulster sino de Irlanda.

¿Cómo se puede solucionar este enredo? Muy sencillamente —responden los "sinn feiner"—, dejando que nos, entendamos libre y directamen­te con los unionistas de Ulster. Faltos de res­paldo británico, los unionistas serían más razo­nables. Comprenderían la necesidad de una convivencia cordial con la mayoría irlandesa. Y li­mitarían sus exigencias. Pero allanada la cues­tión de Ulster, surge la cuestión fundamental. Y se comprueba entonces que el problema no consiste en la divergencia entre los separatis­tas y los unionistas sino en la incompatibilidad de la independencia de Irlanda con los intereses de Inglaterra.

Inglaterra, rectificando sus antiguos puntos de vista, acaba de declararse resuelta a acordar a Irlanda la misma autonomía del Canadá, Aus­tralia y otros dominios. Pero Irlanda no se conforma con ser un dominio. Insiste en ser una nación libre e independiente.

Es de prever, sin embargo, que la urgencia de poner término a una lucha truculenta, induz­ca a Inglaterra y a Irlanda a buscar un tem­peramento transaccional. La última respuesta de De Valera a Lloyd George es, en el fondo, con­ciliadora. Contiene la declaración de que Irlan­da puede aceptar unirse a Inglaterra, pero a condición de que su unión sea libre y volunta­ria, esto es, de que se reconozca antes su inde­pendencia.

Por esta vía la controversia principal entre Inglaterra e Irlanda podría reducirse a una cues­tión de forma. Inglaterra no tendría inconve­niente en ceder. Irlanda sería libre por fin. Li­bre e independiente. Pero no podría usar de su libertad y de su independencia sino para unirse de nuevo a Inglaterra.


NOTAS:

1 Fechado en Roma, agosto de 1921; publicado en El Tiem­po, Lima, 30 de octubre de 1921.

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